Por: Andrea Hablutzel, sub gerente general de Ticketmaster Perú
En una época marcada por la inmediatez, las pantallas y la sobreinformación, detenernos a sentir se ha vuelto casi un lujo. Todo ocurre rápido: compramos, consumimos y pasamos a lo siguiente. Pero, hay momentos que rompen esa lógica. Momentos que no se deslizan con el dedo ni se olvidan al cerrar una aplicación. Momentos que se viven con el cuerpo, con la voz y con la emoción.
No es casual que, en una semana como la del 14 de febrero, cada vez más personas prefieran por regalar experiencias antes que objetos. Una cena especial, un viaje, un concierto o un evento compartido dicen más que cualquier envoltorio. No se trata solo del plan en sí, sino de lo que provoca: conexión, emoción y recuerdo.
Muchas de las vivencias que más atesoramos no comienzan en el momento en que ocurren, sino mucho antes. Empiezan cuando nos enteramos de que algo especial está por venir. Cuando lo imaginamos, lo comentamos, lo esperamos. Esa anticipación —la ilusión, las expectativas, las emociones previas— ya es parte de la experiencia y le da sentido incluso antes de vivirla.
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Ese es el verdadero viaje emocional. Uno que no se limita al instante exacto en el que sucede, sino que se extiende en el tiempo. Antes, con la expectativa cargada de ilusión. Durante, con la intensidad de estar presentes: cantar, gritar, vibrar o compartir una misma energía con cientos o miles de personas. Y después, cuando las fotos, los videos y las conversaciones prolongan lo vivido y lo transforman en recuerdo.
La anticipación cumple un rol fundamental en este proceso. Esperar un concierto, un partido o un evento activa emociones positivas y crea un vínculo previo con la experiencia. Pensar cómo será ese día, con quién se compartirá y qué se sentirá hace que todo se viva con mayor intensidad. Lo vivido no empieza cuando se abren las puertas o se apagan las luces: empieza mucho antes, en la expectativa.
En los eventos en vivo, esta conexión emocional se potencia aún más. No solo importa lo que ocurre sobre el escenario o en la cancha, sino todo lo que rodea el momento: el estado de ánimo con el que llegamos, la compañía, la energía del público, la entrega del artista o del equipo, el ambiente del lugar e incluso las sorpresas inesperadas. Cuando todo eso se alinea, el evento deja de ser solo un espectáculo y se convierte en una historia personal. Una de esas que se cuentan una y otra vez más.
Por eso, algunas vivencias permanecen en la memoria durante años, mientras otras se diluyen rápidamente. Perduran aquellas que logran tocarnos de verdad, las que despiertan una emoción genuina. Lo que no provoca nada, simplemente se olvida.
En un mundo cada vez más inmediato y digital, las experiencias en vivo conservan un valor único. Ofrecen algo que ninguna pantalla puede replicar: la conexión real. Estar ahí, sentir la energía compartida, formar parte de un momento irrepetible. No es lo mismo mirar que sentir; no es lo mismo consumir contenido que vivirlo.
Tal vez por eso hoy el verdadero desafío ya no está solo en ofrecer un servicio eficiente, sino en diseñar experiencias que conecten, emocionen y se recuerden. Porque cuando una experiencia logra eso, deja de ser un momento pasajero y se transforma en algo mucho más valioso: un recuerdo que queda contigo.














